ARE


Historia


ARE se funda en Bogotá en 2013 por Camilo Garavito y Carlos Andrés Núñez, arquitectos formados en la Universidad de los Andes con trayectoria internacional. Antes de crear la oficina, Camilo trabajó en el estudio de Norman Foster en Londres, donde participó en proyectos de alta complejidad técnica como el Apple Campus en California y la sede del Banco Ciudad en Buenos Aires. Carlos, por su parte, realizó estudios de posgrado en Housing and Urbanism en la Architectural Association de Londres y ha mantenido una práctica académica activa en el campo de la arquitectura y la ciudad.

La convergencia entre experiencia profesional en oficinas globales de primer nivel y formación académica avanzada en pensamiento urbano consolidó una visión rigurosa y sistémica de la arquitectura. El regreso a Colombia no significó abandonar ese contexto internacional, sino trasladar estándares globales de diseño, coordinación y precisión técnica a los desafíos públicos y urbanos del país.

Desde sus inicios, ARE asumió una postura clara: la arquitectura es infraestructura social antes que gesto formal. Hospitales, colegios públicos, centros culturales y equipamientos institucionales se convirtieron en su campo natural de acción. Proyectos como el Hospital Tatamá en Pereira, el CEFE Las Cometas o una serie de colegios distritales en Bogotá evidencian una preocupación constante por la estructura como expresión, por la topografía como materia activa y por la activación del espacio público como parte esencial del proyecto.

En ARE, la técnica no es un soporte invisible: es la arquitectura misma. La claridad estructural, la lógica constructiva y la capacidad de adaptación en el tiempo definen una práctica que combina experiencia internacional con conocimiento profundo de la construcción local.

La oficina entiende la arquitectura como un acto de responsabilidad pública. No produce objetos icónicos; produce sistemas espaciales capaces de operar en la ciudad, sostener lo colectivo y resistir el paso del tiempo.


Manifiesto


ARE entiende la arquitectura como una práctica situada. No trabajamos sobre objetos aislados, sino sobre sistemas: territorios, ciudades, instituciones y comunidades que ya existen y que requieren ser leídos antes de ser intervenidos.

Venimos de un país de relieves. La topografía -física, social y cultural- no es un dato sino una condición activa del proyecto. Operar el suelo, multiplicar el primer nivel, construir recorridos que sean más que circulaciones, son formas de asumir que la arquitectura no se posa sobre el lugar: dialoga con él.

En lo público, la estructura no es un recurso técnico sino una declaración. Lo constructivo expresa cómo se ensamblan las partes, cómo pesan, cómo resisten, cómo se sostienen. La forma no se superpone a la técnica; emerge de ella. La claridad estructural es también claridad institucional.

Entendemos el edificio como articulador de escalas. Lo urbano no es contexto sino materia del proyecto. Cada obra es una oportunidad para completar, coser o reorientar relaciones existentes. Nos interesan las fronteras activas, las plantas bajas que hacen más de lo que se espera, los umbrales que convierten el límite en encuentro.

ARE trabaja con la complejidad programática y con la mutabilidad como condición. Los edificios no pertenecen al arquitecto sino a quienes los habitan. Por eso proyectamos estructuras capaces de transformarse en el tiempo, sistemas abiertos que aceptan el cambio sin perder coherencia.

Nuestra arquitectura busca ser precisa sin ser estridente, sólida sin ser pesada, pública sin ser monumentalista. Más que producir imágenes, aspiramos a producir soporte: soporte para la vida colectiva, para la educación, para la salud, para el trabajo.